HOLY SMOKE Y LOS PLACERES DEL TABACO
Los burócratas han aprovechado
mi escapada a las noches blancas de San Petersburgo para aprobar
una ley rígida que es summun ius summun iniuria.
Otro día os narraré mis aventuras en la ciudad
de los zares. Hoy debo cantar al tabaco, porque por lo menos
tengo derecho al berrinche…
Los talibanes han declarado la yihad a los que seguimos la religión
del tabaco. Quieren decapitar nuestro placer con el ansia vengativa
del converso. Cuántos puritanos salen de debajo de las
piedras de lo políticamente correcto, desgañitándose
por convertirnos a todos a su mundo feliz en el que nadie fuma
ni bebe ni hace el amor porque todo es virtual, o sea más
manipulable y fácil de controlar.
Qué miedo dan estos repelentes meapilas que a golpe de
ley camuflan su dictadura. Ahora quieren dejarnos sin el placer
del tabaco; aman prohibir los placeres y pronto viviremos en
una aldea global de paletos donde todo será pecado si
incita al ensueño y la emoción.
Es peor que la famosa Ley Seca que dio origen al gangster Al
Capone, sembrando el caos en Chicago con sus frívolos
bailes y fríos asesinatos, mientras refrescaba las gargantas
con su alcohol de contrabando que el Estado yanqui prohibió
como un severo padre que soporta la risa de sus hijos.
En cambio ahora el gobernante es más taimado: nos prohíbe
fumar pero sigue cobrando siderales impuestos en los estancos
por el tabaco. Y da otra vuelta de tuerca cuando, pasándose
la democracia por el forro de los cojones, actúa como
un dictador de poca monta y pretende prohibir fumar en cualquier
lugar público, incluidos todos los restaurants, bares
y discotecas, aunque sus legítimos dueños (¿o
es que no existe la propiedad privada con la libertad que eso
conlleva?) y voluntarios clientes no estén por la labor.
En breve podremos ver en las discotecas como las colas en los
baños para esnifar una raya de cocaína, compuesta
en un 99% de sustancias químicas que enladrillan la napia
con algo que no tiene nada que ver con la sagrada hoja de los
Andes, no serán nada con la avalancha de los que tengamos
que salir fuera a dar una calada a la recién condenada
a muerte nicotina. Ridículo.
¿¡Pero de qué van los grises burócratas!?
El fumar o no es algo personal de cada cual y, lo lógico
sería, que cada restaurador o empresario del ocio decidiera
si en su local lo quiere permitir. De hecho ya los hay que no
permiten fumar, ni siquiera tomar una café (de esa forma
evitan las sobremesas y triplican las mesas con el ansia de
un Shylock), y yo, por supuesto, no pongo el pie en ellos. Pero
de esa forma nos respetamos. Es lo civilizado. A mí puede
destrozarme una cena el ver a alguien que se presenta en chándal
o que hace peste. Eso sí tendría estar prohibido
y debiera haber una ley que obligara a los cochinos ciudadanos
a saber vestirse y lavarse.
Sin embargo somos legión los que adoramos el humo mágico
que metamorfosea el ambiente, animando conversaciones y encendiendo
la chispa de los deseos.
Cuando alguien se molesta –normalmente los fanáticos
porretas que solo admiten el cannabis— porque enciendo
algún maravilloso habano que susurra crepitando los perfumes
mágicos de Cuba siempre he podido mandarle a la mierda.
Que se vaya a los sitios donde no se puede fumar, como Boston
o cualquier refugio de fanáticos obsesionados con la
vida sana y aséptica. O que se queden en su aburrida
casa con horribles aromas de ambipur.
Pero ahora ya nada. No hay forma de elegir. Han decidido por
nosotros como unos padres severos y desean reprimirnos, aún
sabiendo que todo deseo estancado es veneno. Los legisladores
han tomado partido y, con alarde comunista, quieren que todos
estemos igualmente jodidos.
Terrible injusticia que no podemos permitir porque de ahí
vendrán todos los abusos. Si nos prohíben ahora
tal placer divino ¿qué vendrá después?
Seguramente el alcohol, y después el sexo. Nos meterán
en un repugnante matrix de pacotilla, dictándonos cómo
actuar y respirar. Miedo dan estos ambiciosos e injustos seres
cuando sabemos que la contaminación machaca más
pulmones que cualquier tabaco.
Ya no dan siquiera la posibilidad de elegir. Así acaban
con las sobremesas, esa costumbre de los amantes de la buena
mesa, de los hedonistas que inventan genialmente las mejores
avanzadas. Por eso somos odiados por los mediocres legisladores
que ni fuman, ni beben, ni…
En Cuba el sátrapa también ha prohibido fumar.
Más parecido a los yanquis que lo que él cree,
Fidel Castro, en alarde de lo políticamente correcto
(seguro que el Ché no lo habría permitido) pretende
despojar a los cubanos de un gran placer que les hace soportable
la vida en medio del embargo. Los cubanos no tendrán
filetes de ternera, pero tienen ternura y el mejor tabaco del
mundo. Con las hojas de Vuelta Abajo que se torcieron en los
broncíneos muslos de una mulata de Oriente, con los que
exhalan humos que son ofrenda a los dioses Ochum, Obatalá,
Yemanjá…y que les hace ver todo con una perspectiva
en la que siempre hay esperanza. Ahora incluso eso desea prohibir.
Ahí puede venir otra revolución…
Y nuestros dirigentes que se llaman demócratas actúan
igual que el dictador. Ya han triunfado en países como
Irlanda, donde en los pubs ya no se escuchan carcajadas y solo
se bebe coca-cola, y en Italia, un país latino que es
mucho más conformista de lo que pretenden hacernos creer,
y donde ya no pueden fumar los toscani mientras bebían
su Negroni. Aberrante.
En España tenemos que rebelarnos. Por lo menos, yo seguiré
fumándome un puro.
© Jorge Montojo.
2005 Contacta con Jorge
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Ilustración para este artículo